MÁS DE LA MITAD DE LOS ESPAÑOLES TIENE COMO OBJETIVO PERDER PESO
Cada año, muchas personas se marcan estos objetivos, y no es casualidad: vivimos en un contexto en el que el peso y la imagen corporal se han convertido en protagonistas cuando hablamos de salud, autocuidado y bienestar.
Cuando la preocupación por la alimentación se convierte en riesgo
Esta preocupación ha calado tanto que más de la mitad de la población en España reconoce que perder peso es una de sus prioridades, según el Cigna Healthcare International Health Study. Esto refleja hasta qué punto el control del peso se ha integrado en nuestra forma de entender la salud y el bienestar. Pero esta normalización no debería hacernos bajar la guardia. Como advierte el Ministerio de Sanidad, intercambiar consejos sobre dietas, restringir alimentos o seguir pautas sin respaldo profesional puede derivar en desequilibrios nutricionales y afectar nuestra salud física, el bienestar psicológico y la vida social.
En este contexto, los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) son una realidad que cada vez preocupa más al ámbito sanitario. La OMS los sitúa entre las prioridades de salud mental, especialmente en niños y adolescentes, y calcula que alrededor del 5% de la población mundial los presenta, aunque muchos casos pasan desapercibidos y no llegan a detectarse. Por eso, detectar estas señales a tiempo es clave, ya que determinadas conductas, como la obsesión por el control del peso o el recuento constante de calorías, pueden actuar como factores de riesgo en algunas personas, aunque no siempre desemboquen en un trastorno diagnosticado.
5 señales que alertan sobre posibles trastornos alimentarios
Frente a este escenario, los expertos de Cigna Healthcare advierten de señales tempranas que pueden indicar el inicio de un trastorno de la conducta alimentaria:
- El control de la comida empieza a dominar el día a día. Cuando la alimentación ocupa gran parte del pensamiento diario y se vigila constantemente qué, cómo o cuánto se come, pueden aparecer ansiedad, irritabilidad y cansancio mental. Esta hiperfocalización altera el descanso, dificulta la concentración y complica la relación con la comida.
- El cuerpo empieza a enviar señales físicas de desgaste. Fatiga persistente, debilidad muscular, sensación de frío, sequedad bucal, mareos o problemas de sueño pueden indicar un desequilibrio nutricional. Estas señales muestran que el organismo no recibe la energía o los nutrientes necesarios para funcionar correctamente.
- Cambios emocionales y de comportamiento difíciles de explicar. Apatía, tristeza, irritabilidad, cambios bruscos de humor o la tendencia a ocultar conductas alimentarias pueden indicar un malestar psicológico significativo. A veces, estos cambios vienen acompañados de aislamiento social y pérdida de interés por actividades que antes resultaban placenteras.
- La vida social y personal empieza a verse afectada. Evitar comer en compañía, reducir el contacto social, sentirse incómodo en torno a la comida o priorizar el control del peso sobre planes personales o familiares son señales de alerta. Si estos comportamientos persisten, pueden afectar directamente al bienestar emocional y a la calidad de vida.
- Distorsión de la imagen corporal y obsesión por “corregir” el cuerpo. Cuando la percepción del propio cuerpo se vuelve negativa, surge una insatisfacción constante con la imagen corporal que puede llevar a controlar estrictamente la alimentación y a aumentar el ejercicio para “compensar” o modificar el cuerpo. Esta combinación de restricción y sobreentrenamiento eleva el riesgo de lesiones, fatiga crónica y alteraciones hormonales, al tiempo que refuerza una relación cada vez más exigente con el propio cuerpo.